martes, 26 de enero de 2010

Mis dulces veintitrés

Hoy cumplo veintitrés años y lo único malo que le veo a todo esto es que no me gustan los números impares. Ah, y que estoy a dos de cumplir el cuarto de siglo en este mundo y siento que no he aprendido tantas cosas como se supone que debería ser, sin embargo, también siento que no sigo siendo la misma. Ya saben, cosas sin lógica aparente.

Mis veintidos fueron buenos con todo y sus pros y contras, ahora espero que mis veintitrés sean mejores y que, obviamente, sean mejores días que los 365 que dejo atrás.

A partir de hoy, mi vida dejará de regirse por la casualidad. Sinceramente, ahora que lo pienso, es muy irreal eso de la predestinación y las circunstancias, las cosas no pasan por algo, las cosas pasan porque uno así lo quiere, el karma ahora cumple la función del coco en los viejos tiempos de inocencia: miedo -o precaución- para hacer lo que se considera correcto dentro de los estándares de la sociedá.

Aunque pensándolo bien, el karma es más fácil de culpar por lo malo que me pasa, después de todo, es el único que no puede replicar: ¡Gracias karma, por tu culpa cumplo veintitrés y parezco de veinticinco! Pff.

Fuera de eso, podría decir que me siento orgullosa de mí por todo aquello que he hecho, por las personas que he sabido mantener a mi lado y por la manera en que he manejado mi vida. Sé que no soy perfecta y que estoy más alejada de la perfección que cualquier otro ser pensante, pero también sé que poseo muchas cualidades que, juntas, contrarrestan los efectos de mis defectos y eso me hace única e irrepetible, o al menos eso quiero creer.

Hoy cumplo veintitrés y tengo lo que cualquiera de mi edad pudiera desear: libertad para disfrutar este largo camino, al que solemos llamar vida, como mejor me parezca. Soy independiente en muchos aspectos de mi vida, aunque en otros tantos soy tan dependiente como cuando tenía cinco.

Como ya lo habrán notado, hoy es mi cumpleaños y soy groseramente feliz porque el día que yo nací, nacieron todas las flores, al menos eso me han dicho los últimos veintitrés años, aparte alguien me prometió una sorpresa de cumpleaños, y aunque me desesperan tantísimo las sorpresas, al grado de odiarlas, estoy ansiosa y feliz por esta.

¡Felicidades a mí! Porque ahora soy un año más hermosa, virtuosa e inteligente y, ¿por qué no?, también felicidades a todos los que sólo hoy tendrán la dicha de manosearme con sus abrazos llenos de buenos de deseos y malos pensamientos.

Salud.

miércoles, 20 de enero de 2010

Acerca del amor y algunos clichés

- El amor no existe, el amor no existe, me repetí muchas veces hasta que lo creí, lo malo de esta práctica es que no todos compartían mi teoría, que en realidad era más hipótesis que otra cosa. Whatever.

Cometí -y sigo cometiendo- errores, de esos errores que marcan y afectan directa o indirectamente a terceras personas, pero sobre los cuales siempre he sido directa en demasía. Admítelo.

Por ejemplo, con mi antiguo novio cometí el error de no ser independiente: mi relación con él siempre fue de vernos todos los días, de hacer y deshacer todo juntos, yo dependía de él tanto como él de mí. Ese, definitivamente, fue un error que me prometí no volver a cometer, y creo que hasta ahora lo he cumplido, sin embargo aún no estoy exenta de ello.

Mi madre siempre me decía que una como mujer buscaba a alguien muy similar a su padre -sobre todo cuando creció sin una autoridad paterna, sólo con un par de fotografías viejas y vaguísimos recuerdos-, sin embargo yo siento que en mi caso no aplica tal regla porque, para ser sinceros, no recuerdo que mi padre fuera un ejemplo -o patrón- a seguir, aunque en este punto debo admitir que sí he llegado a seguir patrones con algunos novios, sobre todo después del primero o segundo, no recuerdo bien, todos basándose en ellos mismos. Es algo así como tropezar con la misma piedra, pero no tan literal como en la canción.

Les platico: Mis novios siempre han sido celosos por excelencia, hasta parece que me pongo a hacer casting y siempre elijo al más enfermo, al que más me cela, pero no es que yo lo elija, al menos no de manera directa. Esa es una regla que he decidido omitir por mi propia salud mental y emocional, sin embargo es algo que no puedo evitar, siempre termino con personas igual de dañadas que yo -o incluso más-, y no es algo de lo cual me enorgullezca, puesto que ese es mi patrón, mi guión, mi cliché: los hombres celosos que me arrastran a relaciones que, tarde o temprano, terminan dañándome más. Más es preocupante, quienes me conocen saben que sí es cierto.

Así nos pasa a todos, buscamos exactamente lo mismo que dejamos, por inercia quizás, pero así es y será siempre porque, inconscientemente, es una guía de lo que nos “gusta”, de algo a lo que ya nos acostumbramos. Después de repetir los mismo patrones al menos un par de veces, nuestro corazón ya tiene “callito” en esos roles.

El verdadero problema está cuando los demás nos catalogan, y no es que a mí me pueda preocupar el qué dirán, pero al menos no me gustaría que me tacharan de ideática, loca o, en el peor de los casos, perra; a mi favor sólo puedo decir que siempre trato de manejar las cosas con toda la transparencia posible, puedo querer a alguien pero no tanto como para permanecer ahí y estancarme. Soy un espíritu libre y, como tal, suelo huir cuando siento que mi libertad está en peligro: corro y se lo cuento a quien más confianza le tengo pero, ¿eso me convierte en una mala persona? No, al menos no desde mi punto de vista el cual, por supuesto, está a discusión.

En estas cosas del amor no se trata de victimizarse, no se trata de buscar un culpable, no se trata de lo que uno quiere. No hay tribunales, testigos, un jurado, mucho menos un juez, ni un culpable.

Insisto, todos cometemos errores, y en este cuento sin príncipes ni princesas el error es obvio: fui tu cliché, sin embargo -y por muy contradictorio que se lea- tú no fuiste el mío.

¿Saben? Creo que a estas alturas de mi vida, sufro de una severa discapacidad emocional.

domingo, 17 de enero de 2010

Oídos sordos

Mientras coloreaba la tarea de su hija, el demonio más pequeño que habita esa casa, mi amiga me decía:

- Pero niña, abre los ojos: no puedes etiquetar al hombre equivocado, no porque sea lo que quieres para ti quiere decir que tú serás lo que él quiere. Tienes veintitrés años, eres muy jovencita, bonita... ¡mírate! Tienes que sacarte de la cabeza la idea de estar con él porque no te conviene, no te aferres a algo que te va a dañar, te lo digo como amiga, y si para que entiendas tengo que decirte las cosas de la manera más cruel, lo haré. Así que tú decides...

- ¡¿Por qué demonios la Fer no tiene un color café?!

- Porque no le gusta y lo tira a la basura... Está de más que intente hacerte ver las cosas, ¿verdad?

Se salió del cuarto con una notable molestia, ante la cual fingí demencia, y no me preocupé por pensar en lo que me dijo. Después de todo, eso ya lo sabía.

miércoles, 6 de enero de 2010

Amores que no matan ni hacen más fuerte

Hace algún tiempo discutía con cierta personita un tema bastante controversial, con muchos puntos a favor, pero no menos puntos en contra: la amistad -real- entre un hombre y una mujer.

Si bien es obvio que yo era quien sostenía firmemente que sí era posible, y que muchas veces crea una relación hasta más sólida, con lazos más fuertes que si de una amistad de un mismo género se tratara, también tenía presente que como punto en contra tenemos que en muchas ocasiones la convivencia nos juega chueco.

Siempre he dicho que el trato juega un papel muy importante en todas las relaciones personales, el hecho de compartir un sinfín de alegrías, tristezas y demás sentimientos y emociones, muchas veces puede llegar a confundirnos en algún momento, eso sin mencionar que la atracción física puede llegar de la manera menos esperada, es algo que va naciendo, día con día, palabra con palabra y ésta, por contradictorio que parezca, suele pasar a ser un básico en esa relación. Se podría decir que es el primer paso para empezar a sentir montones y más montones de mariposas en el estómago.

En lo personal, una de mis principales filosofías es no mezclar sentimientos, tener la cabeza en su lugar y no involucrarme más allá de lo permitido con mis amistades masculinas, cosa que me ha resultado bastante satisfactoria ya que prefiero tener más amigos que odiados ex novios.

No niego que en su momento he llegado a confundirme, he involucrado sentimientos pero no a tal grado como para perder un buen amigo después de una fallida relación de no más de un mes; por ejemplo, recuerdo que cuando era de verdad pequeña, más inocente y mi corazoncito no estaba tan descosido, yo tenía un “mejor amigo” –y hasta la fecha sigue siéndolo- , vivía enfrente de mi casa, íbamos en la misma escuela pero en salones diferentes, aún así nos veíamos diario, ya fuera en el receso o por las tardes en mi casa. Era una amistad muy padre, porque era sin ningún tipo de malicia, compartíamos muchas cosas, desde música, películas, gustos, etcétera.

Desde siempre hemos sido los mejores amigos, él siempre estaba conmigo cuando más y también cuando menos lo necesitaba, siempre tenía las palabras indicadas para el momento adecuado y sus abrazos nunca pudieron ser más oportunos, sabía que soy anti abrazos, sin embargo también sabía cuando de verdad necesitaba uno. Teníamos una conexión especial, porque de igual manera yo siempre estaba atenta a él, creía conocer a la perfección sus gustos, sus debilidades. Reímos y también lloramos juntos muchos días, muchas noches, muchas madrugadas.

Un día, sin darme cuenta, sus abrazos empezaron a hacerme sentir diferente, me ponía nerviosa que nuestras manos se rozaran, y se me subían los colores a la cara cuando nuestras miradas se cruzaban y él insistía en sostenerla. Me conocía tan bien que ya sabía de qué se trataba, y yo también, pero me negaba a creerlo. Él era mi amigo, y los amigos no se enamoran, de verdad me llegó a provocar nauseas el hecho de imaginar que entre él y yo pudiera haber un sentimiento más profundo, porque era por sobre todas las cosas el hermano que nunca tuve, aunque en el fondo estaba conciente de que ningún lazo de sangre nos unía, sólo nuestro compartido amor por la desaparecida Shakira y sus canciones que solíamos corear cada que teníamos oportunidad.

Pasó el tiempo y para mí era un poco difícil e incluso incómodo estar a solas con él, evitaba a toda costa caer en momentos que se prestaran a otra cosa, a otros pensamientos, a otras intenciones. El sentimiento estaba, era cuestión de sacarlo y ser felices, pero yo seguía en la etapa de negación.

El idílico amor que sentía por mi amigo crecía cada día un poquito más, nunca se lo dije a nadie por miedo, vergüenza o las dos cosas juntas, quizás por egoísmo, pero el punto es que jamás externé los escalofríos que sentía cuando él me abrazaba. Siempre culpé al clima y a mis inestables hormonas cuando llegó a descubrirme nerviosa en medio de un abrazo.

Una mañana al despertar algo me dijo: -hoy es el día, dile lo que sientes-, y como siempre suelo hacerle caso a esa voz interna que tenemos las mujeres que llamamos sexto sentido, me levanté dispuesta a hacerlo. Todo el día pensé la mejor manera de hacerlo, no iba a ser una sorpresa para él, o quizás sí, pero yo quería hacerlo especial. Busqué las palabras adecuadas, la manera de decírselas, el momento y sobre todo, tenía que tener listos dos argumentos, ya que había dos posibles respuestas que podía recibir: “yo también te quiero...” o “yo también te quiero… como a una hermana”, en caso de recibir la segunda había pensado en responderle: “¡Feliz día de los inocentes…en Mayo!” o algo por el estilo, en caso de recibir la primera, sinceramente no habría sabido qué contestar.

Llegó la hora de vernos, y entonces yo tenía los nervios de punta y estaba a punto del infarto, debí haber muerto durante al menos un minuto cuando me dijo: - necesito hablar contigo-, por mi cabeza pasaron mil cosas, incluso creí que me ahorraría la vergüenza de decirle lo que tanto había pensado durante el día, le respondí: - yo también…pero tú dime primero.

- Sabes que eres mi mejor amiga, que te quiero mucho, confío mucho en ti, eres sumamente especial, conoces todo de mí y yo de ti…

Y yo, asentía emocionada con la cabeza.

-…hemos pasado muchas cosas juntos y créeme que no cambiaría un solo día, un solo minuto porque todo ha sido de verdad especial…

Mi corazón latía más y más fuerte, podría jurar que lo escuchaban hasta China…

- …y bueno, hoy quiero decirte algo que ha estado pasando, quizás ya te diste cuenta...

Mis ojitos se emocionaron y ya estaba lista para decirle: - Sí, sí… yo también, yo también te amo…

- …soy gay.



No pude responder nada, sólo comprendí muchas cosas: - y yo que creía que amabas a Shakira por sus prolongadas caderas-, pensé. Sonreí y así que me quedé estupefacta varios minutos. Seguía sin creerlo y sin saber qué decirle, hasta que interrumpió mis sagrados pensamientos:

- Amiga, dime que nada va a cambiar…
- No…nada va a cambiar. Nada tiene porqué cambiar.

Y seguía con mi estúpida sonrisa.

- ¿Qué ibas a decirme?
- ¿Eh? Ah sí… iba a preguntarte, quién crees que es más guapo: ¿Fulanito o Sutanito?
- Sutanito.
- Sí, yo también lo creo.

Esa noche pasó a la posteridad, de verdad tardé mucho en reponerme después de haber escuchado semejante confesión, al principio creyó que era porque lo rechazaba por su condición, yo sólo le decía que no, que eran otros rollos los que traía en la cabeza. Meses después le dije lo que pensaba confesarle aquella noche, y fue entonces cuando me dijo:

- Bueno, si no tuviera exactamente los mismos gustos que tú, supongo que hubiéramos vivido algo muy padre.
- ¿Exactamente los mismos gustos? Aléjate de mi novio, enfermo…

Hoy me alegra lo que sucedió esa noche, nuestra amistad se hizo aún más fuerte, no eché a perder nada, descubrí que de verdad me tiene confianza pero, lo más importante de todo: no quedé en vergüenza y por fin tendría a mi lado a alguien que de verdad tuviera sentido de la moda y esas cosas de mujeres.

Historias así hay muchas, algunas veces arriesgan y ganan aunque después lo pierdan todo, otras veces pierden y después se dan cuenta que ganaron y otras tantas –y frustrantes- veces…el amigo resulta gay.

Sea cual sea el caso, amor y amistad son sentimientos totalmente diferentes pero tan fácil de confundir, aunque lo que de verdad vale es que a final de cuentas termina siendo cosa de dos.


P.d. Ya sé que este post es como un deja vú -para algunos de ustedes-, pero de verdad me gustó mucho y quería que estuviera aquí.

lunes, 4 de enero de 2010

Cuando comer es un "placer"

No hay cosa más desagradable que una persona atenida y, para mi desgracia, yo soy una de ellas. Soy una persona sumamente fastidiosa a la hora de comer: no me gustan las zanahorias y, sin embargo, puedo comer perfectamente el brócoli cocido con sólo sal y limón, pero eso no es lo preocupante, lo realmente preocupante son algunas cosas que suelo hacer a la hora de la comida.

Uno. La cuchara que use debe ser muy ligera. Odio una cuchara pesada.

Dos. Háblando de cucharas, antes de comer las limpio con una servilleta.

Tres. Antes de probar la comida, le pongo sal.

Cuatro. No me gusta exprimir limones y me desesperan los "exprimidores", así que siempre le toca exprimir el limón a quien esté a mi lado. ¿No soy adorable?

Cinco. No soporto ver "crudo" lo que me comeré.Justificar a ambos lados
Seis. Soy sumamente asquerosa. Una vez mi mamá hizo tacos dorados y mi hermana tuvo la brillante idea de decir: Qué ricos, son de.... ¡paloma!. Ese día sólo comí arroz.

Siete. No me gusta la comida reciclada. Léase "recalentado de al menos dos días"

Ocho. Mi estómago -y sentido del gusto- son selectivos y la carne de soya no es bien recibida. Una razón más para no ser vegetariana.

Nueve. Aguacate es una palabra que no existe en mi vocabulario gastronómico. Guacamole sí.

Diez. SIEMPRE. Siempre, huelo antes lo que voy a comer.

A todo eso sumen que hay veces en las que forzosamente comparto la mesa con personas que no me conocen -en ese aspecto- y que cuestionan mi estado mental, es realmente incómodo. Pero para esos momentos, está mi mamá que siempre dice: Qué bueno que es mujer, si fuera hombre estaría realmente preocupada...

Awww, soy una mimada de lo peor.